A un mes de la gloria ¿eterna?

Por Sofía Griolli

Me encuentro con este archivo y no resisto a compartirlo. Ari es un gran personaje del barrio, de Villa Luzuriga. Siempre que paso por la verdulería terminamos tomando una birra o chusmeando cosas de la cuadra. Me actualiza, me cuenta todo lo que pasa y me pregunta dónde carajo estoy que me ve tan poco. Esta foto es del 18 de octubre del 2022. La sacamos porque siempre cruzamos rencores futboleros y en la previa mundialista tuvimos que resistirnos y hacernos hinchas de Bover. 


Me encuentro con esta foto tres meses después y me parece la mejor foto del mundo. Primero, por mi tendencia a exagerar, pero también porque me reveló algo dificilísimo de verbalizar: el goce que se esconde en los actos simples y cotidianos. Pero no cualquier goce, sino el de la cotidianidad mundialista que mantuvimos esas semanas.

Me acuerdo de ir lo más crota posible a comprar y la insignificancia que eso me representaba: un día más yendo a comprar lo de todos los días. Sin embargo, volvía con una emoción y una manija que no podía entender, porque cada vez que iba se daban esas charlas de: “¿Dónde ves el partido?”; “¿Cómo nos ves para el martes?”; “¿Y qué van a comer?” entre tantas otras y entre más promesas y premoniciones. 


Yo no sé tanto de fútbol, como de nada, pero un día tuvimos una de esas charlas y le anuncié que ganábamos, que Japón pasaba, que Brasil quedaba afuera, jugábamos la final con Francia y le ganábamos por penales. Ese día fui a comprar, nada interesante, un día más. Pero me fui con una nueva preocupación: si llegaba a pifiarle no podía volver nunca más, al menos no sin quedar como la más yeta de las yetas y que lo sepa todo el barrio.


Pasaron los días y no volví a lo de Ari pero, elegí repetir mi premonición que no era más que una firme sensación de triunfo entre chistes y tiempo de aire con Santi, operador y amigo de la Radio que en ese momento hacía su programa los martes al cual me sumé. Entre una cosa y mi columna sobre Júpiter, con Santi hablamos del mundial y repetí lo mismo: “Japón pasa, Brasil queda afuera, jugamos la final contra Francia y le ganamos por penales”.

Después de las especulaciones solo quedaban los partidos. Los partidos y los penales. Los partidos y los llantos. Los triunfos e ir corriendo a festejar. Y más a delante, solo quedó un último partido. Una final.

Lo que pasó ese día no lo puedo ni quiero explicar, no por la inmensidad, sino porque no tuve registro. Cuando digo gloria lo siento en el corazón y en la patria. Ese día fui el mismísimo Chiqui Tapia y no podía parar de repetirme: «No trates de entenderla, disfrutála».

El pueblo, el abrazo, las calles explotando de toda la explosión y el sentimiento de eternidad que no condice con la linealidad del tiempo sino con la inmortalidad de aquel goce mundialista que de ser pequeño y cotidiano, resultó el mayor goce de mi vida.

Pero para qué todo esto, si Cristina Peri Rossi lo sintió mucho mejor. Lo ordinario y los deseos. La Selección también.

CONTRA LO ORDINARIO

Nadie ha podido demostrar hasta ahora

de manera fehaciente

que los pequeños deseos

son más fáciles de conseguir que los grandes.

Sólo se ha podido demostrar

de manera fehaciente

que son más numerosos.