Lo que no se nombra ¿no existe?

Por Sofía Griolli


La muerte, el secreto de las mujeres, la ausencia, la soledad, la familia, la identidad, el olvido, la espera. Kamiya se anima a nombrar y recorrer la oscuridad de la existencia, lo que ignoramos padecer, desde una narrativa sutil, limpia y misteriosa.


Alejandra Kamiya, escritora argentina con fuerte ascendencia japonesa, publicó en su libro una serie de cuentos con una prosa particularmente precisa. 

En este caso, tomaré “Antes de la helada” como inicio para explorar a Alejandra. Una narración de tres relatos en paralelo que muestran las diferencias entre clases sociales con sutileza: se van entrelazando la historia de un joven cartonero y su caballo con la de dos veinteañeros de clase media que atienden un hotel y una pareja mayor de buen nivel. Sin juicios explícitos, pero con una postura tomada, aquí, así como en otras narraciones, Kamiya se aleja de cierto énfasis y exhibicionismo que caracteriza gran parte de la narrativa argentina.


Ahora: la familia y, con ella, los secretos. Ese es el campo que nos presenta Kamiya en “El pañuelo y el viento” el lugar seguro al que regresar. En este cuento, dos primos (Juan y Lala) regresan a la estancia familiar después de muchos años a pasar unos días, pero también a reencontrarse y a redescubrirse: “Abajo, donde no soplaba el viento, en la oscuridad y antes de poner en marcha la camioneta, me pareció que podía escuchar el ruido que hacía la luna al moverse, como si raspara contra un cielo de metal, como si algo no estuviera bien en esa noche en la que nos tocaba estar.” 


Los secretos que guardan los personajes femeninos establecen una relación directa con lo no dicho, con aquello que no puede ser nombrado y que está estrechamente ligado a la violencia. Que, si bien no hay violencia explícita o cruda en los cuentos de Alejandra, podemos repararla a partir del silencio, la soledad y la angustia que atraviesan las mujeres. Esto se percibe y eriza la piel en el cuento “Los nombres”. El mismo alude a la violación de una niña, pero en toda la historia se evade la mención de esa palabra y el hecho se repone a partir del contexto. 

En este cuento seguimos a la protagonista en su viaje  por el exilio del recuerdo, en palabras de la autora: “…así como las sombras tienen la forma de aquello a lo que están encadenadas, el olvido no tiene otra forma más que la de aquello que cubre”. La espera del recuerdo latente que se actualiza a partir de un sentido porque “después de todo la espera no es más que un lugar como cualquier otro: uno puede acomodarse en ella y hacerla su lugar en el mundo.” Hasta que sobreviene lo inevitable de la búsqueda, el encuentro.


Hay muchas cosas que no tienen nombre. Ciertos momentos del día, ciertos gestos, ciertos ritmos, algunas partes del cuerpo, algunos colores. Eso que no tiene nombre, existe y en ese mundo, la protagonista aprende a distinguir las diversas formas que puede tener el silencio. Ella aprende a diferenciar los silencios, pero no aprende a nombrarlos. 


El secreto que la familia guarda y que ella desconoce le hace daño, el secreto que la hermana revela para liberarse pero que ella no comprende, hasta que crece y comparte: “Algunas respuestas llegan solo para obligarnos a una pregunta, y cuando hacen “click” una contra la otra hay en ese ínfimo sonido una clave para toda la paz del mundo.” 


Lo no dicho, lo que se debe reconstruir, cobra sentido. Debemos imaginar los huecos, reponer lo que no dicen, deducir sus secretos, los de cada una, a partir del diálogo cotidiano que encierra también el temor a la soledad.

Los secretos son el silencio, si, pero también son la espera. Si bien en los cuentos no hay un registro preciso y detallado del tiempo, es algo que sucede y que los personajes se cuestionan. Es un momento de reflexión sobre la identidad propia que invita al autodescubrimiento.



Nos toca la muerte en “Partir”, relata Kamiya: “La idea de la muerte siempre fue muy distinta en mi casa. No era lo opuesto a la vida, sino una parte de ella”. En el mismo cuento hay una lista de palabras que en su casa tenían un significado distinto al que tenían afuera, como “yo, invierno, otro, sal, esfuerzo, espera, honor, abuelo, aceptar, dolor”. Un magno trabajo de asignarle a la muerte nuestra identidad. 


Cierra, finalmente, con la poética, clara y firme declaración de formar parte de algo, aunque seamos “Tan breves como un trébol”.